miércoles, enero 22, 2020

Embarazadas en el metro

Aquí vengo con una Historia Del Metro de ésas que te hacen entender un poco mejor cómo funciona el cerebro de la gente.

Me subo en un vagón, con un libro de la mano porque he quedado en la otra punta de la ciudad y tengo un largo, largo camino por delante. Puedo sentarme si maniobro un poco -un señor tiene una maleta gigante ocupando un montón de espacio- pero sé que el tren se va a llenar y que me voy a acabar levantando para que se siente un señor de setecientos años o algún pobre desgraciado con el brazo en cabestrillo, así que total, me quedo de pie.

Avanzamos unas cuantas paradas. Los pocos asientos que había libres ahora están, efectivamente, ocupados. Solo hay uno vacío, bastante lejos del rellano en el que yo voy de pie.

Se abren las puertas y entra una familia compuesta por:

1. Niña1, que tendrá como mucho seis años, llamémosla Elsa
2. Niña2, que es más pequeña que su hermana, llamémosla Anna
3. Bebé, en un carrito. Llamémosle/la Yodie
4. Padre. Harto de todo; llamémosle Adgar
5. Madre. MEGA embarazada; llamémosla Idun

Nada más entrar, Adgar le hace una seña a su mujer para hacerle saber que hay un sitio libre -el que os digo que está lejos-. Idun dice inmediatamente que no pasa nada, que se queda donde está. Está muy embarazada, ¿vale? Pero pasa lo siguiente:

Idun no puede ir a sentarse sin separarse de las visiblemente cansadas y estresadas niñas -esto es la línea Piccadilly, cuyos trenes sacados de una película de la posguerra tienen unos pasillos estrechísimos y si el vagón va lleno moverse dos metros es una odisea-. Por esa misma razón no tiene sentido mandar a una de las dos niñas a sentarse, ya que es evidente que no quieren separarse de sus padres. Adgar no puede coger el sitio tampoco porque está encargándose del carrito. En cualquier caso Elsa + Anna + Yodi no es algo que pueda quedar a cargo de solo uno de los dos progenitores.

Es como el juego ése del lobo, la oveja y la col pero con un montón de críos.

Les oigo hablar de a dónde van. Leicester Square, que está a seis paradas. Eso son como quince minutos. Me planteo qué hacer.

El rebaño que está ocupando los asientos, todos con pinta de estar en absoluta plena forma, lee o se las apaña como puede para fingir que no está viendo que hay una familia entera que está hecha polvo y necesita sentarse, y yo tengo más o menos la misma paciencia que un cachorro de golden retriever así que es bastante obvio que no voy a estar quince minutos observando este lamentable percal.

Lo primero que pienso es que los padres deberían pedir que les dejaran los asientos, no yo. Pero los dos parecen muy cansados y no me parece justo tampoco pedirles que encima se metan en grescas, porque suficiente tienen con lo suyo.

¿Sabéis quién tiene energía ahora mismo para meterse en una gresca?

Yo. A tope de gresca-energía estoy hoy.

Hago un intento por esperar y ver si se soluciona el tema sin que sea necesaria mi intervención, pero entonces Elsa empieza a llorar de lo que parece puro agotamiento -en serio, parecen todos cansadísimos-, Idun se pone en cuclillas para darle un abrazo, y tras un segundo y medio de intentar calcular lo difícil que tiene que ser para una mujer embarazada de ocho meses ponerse en cuclillas (¿le será físicamente posible levantarse después? ¿Vive ahora Idun en el suelo de un vagón de metro?) mi capacidad de resignación termina de caer en picado y me doy cuenta de que quedarme ahí sin decir nada ya no es un escenario realista porque igual me sale una úlcera de estómago.

Lo que quiero hacer es decirle a esa panda de cobardes que se levanten todos ahora mismo, pero sé que no suele ser buena idea pelear batallas de otros sin avisar porque a veces la gente se siente mal al respecto o se enfada, así que le doy un toquecito en el hombro a Adgar, que sujeta el carrito de Yodie dándome la espalda.

Se gira y me mira.

Yo - ¡Hola! ¿Te libero un par de asientos? -Señalo a la panda de despojos que sigue fingiendo no estar enterándose de la escena. Adgar duda- Esta gente es lo peor pero si les digo que se levanten, se levantan -esto es Londres; la gente no soporta la incomodidad social, así que si les expongo como los pusilánimes que son estoy segura de que la inmensa mayoría se muere de vergüenza y se levanta-.
Adgar - Están todos haciendo como que no nos ven.
Yo - Ya, es lamentable. Te saco un par de sitios.

Adgar no está convencido pero finalmente inclina ligeramente la cabeza y parpadea durante medio segundo más de lo necesario, señal internacional de "venga vale".

Me agarro a la barra vertical que marca el inicio de los asientos y asomo la cabeza como buenamente puedo en el limitado espacio del vagón. Hay un chico joven ocupando el asiento prioritario (!) y una chica igual de joven en el asiento de al lado. Los dos son asiáticos y es posible que vayan juntos, pero no estoy segura.

Yo - ¡Hola! ¿Os podéis levantar? -sonrío-. A esta familia le hacen falta los asientos -señalo al enorme clan, que es imposible no ver, detrás de mí-.
Chico - Sí, claro... -se levanta- pero es que antes ha dicho que no se quería sentar -señala a Idun y su barriga gigante-.

Ahora, esto es lo que quería yo estudiar, porque tiene tela.

Idun ha dicho, efectivamente, que no se quería sentar, y eso ha pasado por lo que explico arriba de que solo había un asiento y no era viable que lo ocupara ningún miembro de la familia. El lobo y la col y eso. Esto es lo que este inepto joven está utilizando como razón para no haberse levantado antes. Entonces, pues a ver, que aquí hay muchas cosas que aprender:


1. El problema que tiene este chaval es que no tiene sangre en las venas. No parece que tenga maldad ninguna ni necesariamente que le dé igual que aquí la tribu de los Brady lo esté pasando fatal; la impresión que me da es más bien que le da vergüenza interactuar o meterse en una conversación que no sabe muy bien cómo va a salir. Como comento arriba, en Londres el miedo a la propia ineptitud social -una conversación que no sea fluida, un silencio incómodo aunque sea de un segundo, la posibilidad de que haya un malentendido- domina las interacciones humanas hasta un extremo un poco enfermizo. Aquí ya os digo yo que mucha gente del vagón no ha dicho nada porque les da pánico entablar una conversación con un desconocido, aunque sea para cederles un asiento. Esta gente tiene un problema con esto.


2. Una vez se ha establecido que ese asiento hay que cederlo y no hay escapatoria, porque tienes a una chica mirándote a la cara y ordenándote amablemente que te levantes, una persona con clase aceptará la derrota, tal vez explicando por qué no se levantó por su cuenta, pero no farfullando excusas. Aquí había tres opciones y este chico escogió la única que no funciona:

Opción 1 (bien): Cuánto lo siento, es verdad, aquí está el asiento

Opción 2 (bien también): He entendido antes que no quería el asiento, culpa mía. Aquí lo tiene

Opción 3 (mal): Pero es que ha dicho antes que no quería sentarse

En serio, ojalá la gente hablando con claridad, que no pasa nada. Pero musitar quejas a medio gas es la señal de anticarisma definitiva.


3. No sé si esto me pasa solo a mí, pero pelear por los demás me resulta mucho más fácil que pelear por mí misma. Si a mí me duele un tobillo y necesito desesperadamente un asiento pues lo voy a pedir, no me entendáis mal, pero me supone un esfuerzo mucho más grande y me cuestiono la situación muchísimo más que si veo a otra persona con el tobillo hecho trizas y tengo que echar a alguien a patadas para que esa persona se siente. Por tanto, aunque creo que cada uno debería exigir lo que le corresponde cuando la situación lo requiere, os animo a que seáis generosos a la hora de defender a los demás. Os vais a llevar malas caras pero es gratificante ayudar a la gente y a la vez poner a algún personaje en su sitio. A mí me parece que merece la pena.


Ya está. Solo decir que la chica asiática se levantó también y que después hablé con el chico, le di las gracias por ceder el asiento y le dije que a veces en estas situaciones no sabe uno muy bien qué hacer y que no se preocupara. Y luego le pregunté qué estaba leyendo y hablé con él un rato. Era un chico majo pero muy tímido y sinceramente creo que no tenía malas intenciones con todo esto.

Pero. Un pelín de liderazgo. Un poco de valentía ante los conflictos menores de la vida. Una persona que no es capaz de lidiar con una situación tan simple e inofensiva como es levantarse por iniciativa propia cuando una embarazada tiene que sentarse no sé cómo pretende apañarse cuando aparezcan los problemas de verdad. Podría ser todo muy fácil y no lo es  porque todo el mundo es un flojo de cuidado.

Ceded vuestro asiento cuando vayáis en trasporte público y recordad el decálogo de las normas del metro.


p.d. Ya lo he comentado en un vídeo, pero para el que no lo haya visto, he mandado a mi empresa a hacer puñetas y ahora tengo tiempo libre en lo que me entran ganas de buscar otro trabajo, así que si me veis diciendo en twitter que acabo de salir del cine a las cuatro de la tarde o publicar cosas a las doce de la mañana es porque estoy de vacaciones indefinidas hasta que cambie de opinión.

6 comentarios:

  1. se ve seguido. No se porque tanto pánico ahí para hablar con alguien. Acá en un ascensor mientras sube 5 pisos en 15 segundos se entabla una charla filosófica ja. Saludos y me gusta tu coraje/ánimo/valentía.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Jajajaja prefiero vuestra opción, mucho más entretenida. Gracias :D

      Eliminar
  2. Al final es una cuestión de sentido común, respeto, empatía... y de ser una persona despierta y proactiva. Lamentablemente, todo eso no abunda demasiado en las calles

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ya, es un rollo. Pero sí que veo que hay personas que sí que tienen todo ese sentido común y empatía y tal pero que solo de pensar en exteriorizarlo les da un ataque. La verdad es que hasta para ellos mismos tiene que ser lo peor.

      Eliminar
  3. Bueno, como tímido que soy este tipo de situaciones las veo desde una óptica ligeramente diferente, así que voy a actuar como abogado defensor del chico asiático (a quien por cierto no te has dignado a inventarle un nombre en lo que hoy se consideraría un acto de clara discriminación racial;-)
    Conviene recordar que los tímidos somos tímidos a pesar nuestra, no por elección, y ello nos hace ser bastante torpes en no pocas interacciones sociales. Por contra hay otro tipo de situaciones en que nos da clara ventaja. Aunque todavía no he averiguado en cuales. La cuestión es que salvo que tengamos mucha confianza con alguien tendemos a actuar de manera pasiva, es nuestra naturaleza (que en cierto modo intentamos corregir pero te aseguro que no es fácil), sin embargo a requerimiento de otros solemos actuar de manera amable y educada, tal como hizo el chico asiático sin nombre. Respecto a la excusa que te dio es cierto que fue algo forzada, pero quizá él estaba perdido en sus pensamientos (algo también típico de los tímidos) y no estaba tan pendiente de la situación como tú, o quizás es lo primero que se le ocurrió decir. Lo que sí te puedo asegurar es que en situaciones incómodas nuestros cerebros se cortocircuitan y, o bien nos quedamos callados con cara de circunstancia, o somo capaces de decir las mayores gilipolleces sin que podamos hacer nada por evitarlo. Así que desde mi punto de vista bastante suerte has tenido con que no te hubiera respondido con una especie de farfullo incomprensible, que seguro que es lo que hubiera hecho yo en esa situación (además de odiarte profundamente durante el resto de mi vida).
    Al margen de bromas y respecto a la situación en sí, pues es cierto que es un poco triste que nadie se dignara a cederles los asientos, lo cual dice mucho de la época en que vivimos, pero tampoco acabo de entender por qué los padres no le pidieron el sitio a nadie. Por muy ocupados que estuvieran es algo que apenas te lleva dos segundos.
    Claro que a lo mejor era una familia de tímidos. Y mis críticas a ellos también son injustificadas.
    Así que la única solución que veo es que como buena Don Quijote te dediques el resto de tu vida a ir en metro para solucionar este tipo de entuertos. A lo mejor incluso te acaba pagando el ayuntamiento de Londres...
    Saludos!!! y no dejes de intentar resolver los problemas del mundo (salvo que nos encontremos en un metro).

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Yo creo que lo de los padres no es cuestión de tiempo sino de energía. Decirle a alguien que por favor te ceda el sitio cuando es tan obvio que debería salir de ellos es una situación increíblemente desagradable (y fíjate que te lo digo yo, que no tuve mucho problema en decirles a todos que se levantaran de ahí), así que si ya estaban cansados entiendo de sobra que no les diera la vida para decir nada más.
      Lo de la timidez lo entiendo PERO os juzgo a todos muy fuerte igualmente porque yo he estado en esa situación de realmente no querer hacer nada porque me daba vergüenza o pereza o lo que fuera pero me he obligado a mí misma a mejorarlo con los años. ASÍ QUE TÚ TAMBIÉN PUEDES. Y el chico asiático sin nombre puede también. Pero vamos que os entiendo, no te creas que no. A mí si esto me pilla otro día no habría dicho nada. Si consigo que me contraten los del transporte de Londres te aviso. ¡Saludosss!

      Eliminar

Archivo

¡Escríbeme! Menos si es para quejarte. Si es para quejarte, ábrete una cuenta en twitter

z a p a t o a l a c a b e z a @ g m a i l . c o m

Coge lo que quieras, pero avisa :)

Este blog se encuentra bajo licencia Creative Commons; puedes utilizar su contenido, pero no olvides:
1. Decir de dónde lo has sacado.
2. No cobrar (¡y si cobras, quiero mi parte!).
3. No modificar el original.