domingo, noviembre 22, 2009

El amor propio y todos sus amigos

Estando sentada en la biblioteca, estudiando, levanté la vista del portátil, por puro aburrimiento, para mirar a la persona que estaba pasando por allí en ese momento. Un chico, guapo, muy joven, novato probablemente. Él me estaba mirando, y le sonreí*. El chico se detuvo, y le preguntó al que estaba enfrente de mí, con respecto a la silla más cercana a mi sitio:

- ¿Está ocupada?

Volví a sonreír, pero para mí misma.

- Qué va, te puedes sentar.

Y entonces...

- No, si sólo quiero la silla.

Cogió la silla, y se fue.


¡Ah, el ego! Qué fácil es caer en sus zarpas, ¿eh?

Esto me enseñará que esas cosas sólo pasan en las películas.


*Aclaración para intentar quedar un poco menos como una idiota:
Cuando miro a alguien porque simplemente se cruza entre mis ojos y el infinito, y me pilla, suelo sonreír, para quitarme la nada merecida fama que tengo desde hace tiempo que dice que miro mal a todo el mundo.

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