sábado, septiembre 24, 2016

Florence Foster Jenkins: Entrañable Meryl

La sección Perlas del Festival de cine de San Sebastián trae cada año unos cuantos títulos que por unas razones o por otras ya se sabe que son buenos -han ganado en otro festival o vienen recomendados por alguien que sabe de estas cosas, por ejemplo-. En esta categoría ha llegado Florence Foster Jenkins (ID, Stephen Frears, 2016), para contarnos la historia real de una neoyorquina de los años 40 cuyo sueño era ser cantante de ópera.

Florence Foster Jenkins - Cartel

Esta película está enteramente sostenida por los personajes de Florence (Meryl Streep), su marido St. Clair Bayfield (Hugh Grant) y el pianista al que contratan para acompañar a la protagonista en sus clases de canto, Cosmé McMoon (Simon Helberg), y tengo que decir que los tres me han parecido maravillosos -sobre todo ellos-. Florence es todo ingenuidad y dan ganas de ir a darle un abrazo cada diez minutos, Hugh Grant consigue transmitir perfectamente el extraordinario afecto que siente St. Clair por su mujer y Simon Helberg me ha parecido encantador y gracioso a más no poder.

También tengo que decir que me he reído a carcajadas, cosa que rara vez consigo con ninguna película, pero que las mismas escenas que a mí me tenían llorando de la risa a otros espectadores les han resultado ridículas, así que hay de todo.

Meryl Streep (Florence Foster Jenkins) y Hugh Grant (St. Clair Bayfield)

Algo que sí me ha echado para atrás es que en esta historia es imposible no sentir lástima de vez en cuando, y eso es algo que yo suelo llevar fatal. La lástima me parece un sentimiento horrendo y barato que en el mejor de los casos te conduce a hacer algo bueno por unas razones completamente equivocadas. Así que lo de presentar a un personaje adorable al que todo el mundo tiene en palmitas para no herir sus sentimientos es algo que me pone muy nerviosa.

Simon Helberg (Cosmé McMoon)

En cualquier caso, Florence Foster Jenkins habla de amistad, amor, devoción y sueños por cumplir, de una forma bonita y a veces muy muy graciosa. Recomendada, aunque por lo que vi al salir de la sala creo que las opiniones van a estar muy divididas, así que a saber lo que os parece a vosotros.


p.d. Casi me olvido; Hugh Grant dio una rueda de prensa entretenidísima en la que me respondió algunas cosas interesantes sobre la importancia de mentir como un bellaco a todo el mundo, entre otras cosas. A otro periodista le dijo que vino a San Sebastián a finales de los 80 pero que debió de pasarse borracho todo el festival porque no se acuerda de nada. No tiene desperdicio; si os apetece verla la tenéis aquí.

viernes, septiembre 23, 2016

Equipaje de mano

El Industry Club es una sala del Kursaal en la que te dejan sentarte a escribir en los ratos en los que no estás viendo pelis ni persiguiendo actores. Se supone que está hecha para que los profesionales de la industria del cine puedan entrevistarse y hacer contactos, entre otras cosas, pero yo no tengo contactos que hacer así que la uso para escribir. Y para que los de Nespresso me den café, ya de paso.

El otro día estaba en uno de los sofás con Almond y su amigo Dannell, hablando de las cosas guays que dejan las productoras en la mesa del Industry Club para que te las lleves como propaganda. Hay revistas y chapas y cosas así:

Mesa del Industry Club


Yo - ...y si quieres más merchandising, puedes ir a la mesa que hay fuera. Ahí siempre hay mil cosas.
Dannell -¿Qué mesa dices?
Yo - Es igual que ésta -señalo a lo que veis en la imagen de arriba-; está en el rellano, donde acaban los casilleros.

Dannell medita un segundo.

Dannell - ¿Donde el bol de condones?
Almond - Ahí.


INCISO

Todos los años en el SSIFF dejan un bol lleno de preservativos en una de las áreas comunes del Kursaal. Como cuando vas al banco y hay un cuenco con caramelos. Pues igual.

FIN DEL INCISO


Yo - Sí. Que por cierto, me sigue inquietando por qué regalan condones en el festival. Que vamos, cosas gratis nunca sobran y los condones bien están en todas partes, pero no veo la relación como para ponerlos precisamente en un festival de cine.
Almond - Ya, bueno, pero por qué no los van a poner, ¿sabes?
Yo - Que sí, si lo veo bien, pero yo que sé, que vayas a un bar de fiesta y salgas de ahí con alguien para cepillártelo en tu casa lo veo más o menos plausible, pero que salgas de una rueda de prensa con la misma intención me parece como poco probable.

No me da tiempo a comer entre peli y peli, me va a dar tiempo a ligarme a un fotógrafo. Seguro que sí.

Almond - Anda, que tengo yo una historia relacionada con condones... -resopla y se ríe, que es lo único que se puede hacer cuando acabas de decir algo como "tengo yo una historia relacionada con condones", la verdad-.
Yo - Por favor.
Almond - Pues mira, yo hace tiempo me fui a Nicaragua con una ONG, y uno de los grupos de gente con los que trabajábamos eran prostitutas. Y claro, queríamos llevarles un montón de condones, mejorar el tema de la educación sexual y tal.
Yo - Sí.
Almond - Bueno, pues todo mi equipaje de mano eran condones.
Yo - Cómo que tu equipaje de mano eran condones.
Almond - Que eran condones. O sea, yo tenía mi mochila con mis cosas, pero mi maleta de mano estaba llena de condones. Sólo condones.

...

Yo - Una maleta llena de condones. Literalmente, me estás diciendo.
Almond - Que sí.

Me imagino un adorable trolley con rueditas llena con trescientos, o mil condones, o yo qué sé, los que quepan, y no sé si es que yo soy muy infantil o si este percal es genuinamente gracioso, pero a mí me da la risa tanto que casi me ahogo. Y me doy cuenta de que, tal y como funciona el universo, esta historia sólo puede tomar una dirección.

Yo - Y te tocó control en el aeropuerto, claro.
Almond - Me tocó, efectivamente -me vuelve a dar la risa. Menos mal que estamos en un sofá y hay poco riesgo de que me caiga al suelo-. Me abrieron la maleta, los de seguridad flipando, y yo enseñándoles la carta que explicaba todo el asunto: "mira, que vamos con una ONG y tal...".
Yo - QUE TENÍAS UNA CARTA.
Almond - Claro. Explicando todo el tema.

Una carta explicativa de por qué alguien lleva cuatro trillones de preservativos en su equipaje de mano. Una de esas cosas que nunca imaginé que existirían y sin embargo aquí me tenéis, escribiendo este post. Qué bello es vivir.

Yo - Ésta tiene que ser mi historia favorita de todos los tiempos.
Almond - Y calla, que tengo foto ¿eh? -Almond agita un dedo amenazante primero hacia Dannell y luego hacia mí- Que os pensaréis que me lo estoy inventando, pero tengo pruebas.

Y yo pensando que esta historia había tocado techo.

Yo - MÁNDAMELA. Y por favor, déjame compartir esto con el mundo. Es lo justo.
Almond - Ah sí, ya ves, cuéntalo donde quieras. Ahora te la mando.

Dos minutos después recibo un email en mi bandeja de entrada.

Yo - ¿Has llamado al email "asuntos sucios"?
Almond - Me ha parecido apropiado.

Y bueno, he cortado al amigo de Almond para que el pobre hombre no se vea atado a esta historia en internet hasta el fin de sus días, así que la imagen me ha quedado un poco desastre, pero creo que os podéis hacer una idea:

La maleta de los tropecientosmil condones de Almond

En serio, me encanta esta historia. Para escucharla más que para vivirla, pero aún así.

lunes, septiembre 19, 2016

Los siete magníficos: para pasárselo bien

Hay cosas en la vida por las que hay que estar agradecido. Puedes estar agradecido por tener amigos, por un trabajo que te gusta, por la vecina entrañable que te hace galletas de vez en cuando. Yo, cada septiembre, estoy agradecida por el puñado de películas palomiteras que aparecen en el festival de cine de San Sebastián. Os puede parecer una idiotez, pero cuando acabas de ver una película china en la que violan a la protagonista y otra danesa que explora las incertidumbres de una mujer con una enfermedad terminal, que te pongan una comedia tonta es lo que puede evitar que tires tu acreditación al río y te vayas corriendo a buscar un terapeuta.

Los siete magníficos - cartel

Esta vez mis agradecimientos van concretamente para Los siete magníficos (The Magnificent Seven, Antoine Fuqua, 2016), remake del popular western -que yo no he visto porque mi cultura cinematográfica deja un poco que desear, dejadme- que cuenta esta vez con Denzel Washington como protagonista interpretando al duro justiciero Chisolm y su pintoresco equipo, conformado por los actores Chris Pratt (Josh Faraday), Ethan Hawke (Goodnight Robicheaux), Vincent D'Onofrio (Jack Horne), Byung-hun Lee (Billy Rocks), Manuel García-Rulfo (Vasquez) y Martin Sensmeier (Red Harvest), que intentarán, contratados por la muy cabreada viuda Emma Cullen (Haley Bennett), acabar con la opresión impuesta por el malvadérrimo Bartholomew Bogue (Peter Sarsgaard).

Vincent D'Onofrio (Jack Horne), Martin Sensmeier (Red Harvest), Manuel García-Rulfo (Vasquez), Ethan Hawke (Goodnight Robicheaux), Denzel Washington (Chisolm), Chris Pratt (Josh Faraday) y Byung-hun Lee (Billy Rocks)

Esta peli os va a dar exactamente lo que promete: acción, tiros, caballos, chistes de vez en cuando, peleas y más tiros. Cine de entretenimiento puro y duro, bastante superficial -el único personaje que parece tener algo de fondo es el de Ethan Hawke-, con el que os sorprenderéis poco pero os lo pasaréis en grande. Recomendada.

También he de decir que Ethan Hawke me ha parecido un tío súper inteligente en la rueda de prensa. La tenéis aquí, por si sois muy fans y la queréis ver.

Tengo más críticas. Cine holandés y sueco-danés. Tan divertido como suena; os va a encantar.

sábado, septiembre 17, 2016

La fille de Brest: el cine europeo que no te da ganas de pegarte un tiro

¡Ya estoy en San Sebastián! Estoy segura de que estáis todos impacientes por escuchar mi opinión acerca de películas bielorrusas en blanco y negro que no vais a ver jamás, así que en los próximos días veréis que escribo muchas cosas relacionadas con cine y muy poco de todo lo demás. Como siempre y por falta de tiempo, cuando acabe el festival me encargaré de los comentarios. Recordad también que los títulos de las películas pueden ser algo confusos porque muchas aún no están traducidas al español y aparecen con el título original y a veces además con el título en inglés. Cuando lleguen a salas comerciales puede que algunos nombres cambien, pero al menos para buscar información éstos deberían valeros.

Dicho esto, la peli inaugural del 64 Festival internacional de cine de San Sebastián ha sido, no tengo ni idea de por qué ya que no la conoce nadie, La doctora de Brest (La Fille de Brest / 150 Milligrams, Emmanuelle Bercot, 2016), que cuenta la historia real de cómo la médico Irène Frachon (Sidse Babett Knudsen) tuvo que enfrentarse prácticamente por su cuenta a una poderosa empresa farmacéutica cuando se dio cuenta de que un fármaco llamado Mediator, utilizado como saciante para adelgazar y que llevaba años siendo recetado por cardiólogos franceses, estaba provocando la muerte de un montón de pacientes.

Sidse Babett Knudsen (Irène Frachon) y Benoît Magimel (Antoine le Bihan)


Centrada casi exclusivamente en su protagonista, valiente y bruta a más no poder, la historia es ágil y aceptablemente emocionante, con el pequeño problema de que parece más una sucesión de miniepisodios bastante similares entre sí que un producto total. De hecho hablando con otros espectadores al salir estábamos todos de acuerdo en que se hace un pelín repetitiva. En cualquier caso es un mal menor; a nivel general La doctora de Brest es una película que os puedo recomendar de sobra, especialmente por lo bien escogido que está el reparto, cuyas interpretaciones son estupendas. Además siempre es interesante conocer una historia real tan agresiva como ésta. La Irène Frachon de la vida real, que por cierto es una mujer súper maja, dio más datos al respecto en la rueda de prensa, incluyendo una mención a cómo España pasó por exactamente este mismo problema pero puso remedio en seguida en vez de mirar para otro lado (qué cosas).

Irène Frachon

Un detalle a agradecer es que la película no cae en los cuarentamil clichés esperados en una cinta de este tipo: no hay historia romántica paralela para compensar un matrimonio frustrado, no hay escena de sexo metida con calzador sin venir a cuento de nada, esas cosas. Lo único en lo que sí caen es en pintar a las empresas farmacéuticas como si fueran la mayor gentuza del universo. Que igual es verdad, yo qué sé, pero queda un poco trillado que exageren tanto lo malos que son.

Como dato informativo, sólo comentar que salen imágenes muy gráficas de quirófano y no es nada agradable de ver. A mí Anatomía de Grey y CSI me han curtido bien, pero en una escena en la que hacen una autopsia ha habido gente que se ha ido de la sala. Os lo digo para ahorraros el mal rato, aunque sabed también que no son más de dos o tres minutos de metraje en los que simplemente tenéis que mirar para otro lado. E ignorar el crujido de las costillas, ahora que lo pienso.

Sidse Babett Knudsen (Irène Frachon)

Volviendo a la rueda de prensa, que por cierto estuvo muy bien y que podéis ver aquí, lo que me ha parecido más curioso es que la médico que nos ocupa afirma no haber sido perseguida por las farmacéuticas a pesar de haberla liado pardísima con el tema del Mediator, pero que ya casi no va a conferencias de medicina porque sabe que los médicos no la pueden ni ver. Quién lo iba a decir.

Por otra parte, varios periodistas han hecho preguntas relacionadas con el feminismo, ya que, oh, la peli que inaugura San Sebastián está conformada exclusivamente por mujeres, que orgullo, miau, miau, y estoy viendo por ahí que se están sacando de contexto frases dichas por la directora para que parezca que está de alguna manera molesta con el supuesto machismo en el cine (ejemplos aquí y aquí), cuando en realidad lo que han dicho tanto ella como la productora es que no sólo no han tenido nunca ningún problema en su campo por ser mujeres, sino que en ese aspecto en Francia las cosas están cada vez más fáciles. Lo aclaro porque ya sabéis que el machismo inventado es un tema que me pone un poco de los nervios y veo que unos cuantos medios se están aprovechando de que la gente no ve las ruedas de prensa para seleccionar sólo lo que les interesa y así dar a entender lo que a ellos les da la gana.

Me voy a buscar comida y a ver más pelis. Volveré con más críticas en breve.

sábado, septiembre 03, 2016

Bonnie y el detector de humos

Me he mudado. Otra vez. Dejadme.

Mi nueva casa no está nada mal. En mi habitación hace frío y la moqueta es un asco, pero no hay nada traumático. La casa está bien. Es habitable.

El problema es que dentro de la casa hay gente.

Podría contar muchas cosas, pero el resumen es que tengo dos compañeras de piso: una que es una cerda y una que no. A la primera vamos a llamarla Bonnie por ninguna razón en particular y a la segunda llamémosla Abby.

Tal vez entre en detalles otro día acerca de hasta qué nivel este ser es la repugnancia hecha persona, pero hoy mejor os voy a contar la historia del detector de humos.

Porque no es sólo que esta chica sea una guarra de tomo y lomo, es que, además de no saludar, ocupar todos los armarios de la cocina y no contestar cuando le mandas un mensaje, es... no sé cómo describirlo. No quiero decir que es corta porque no la conozco lo suficiente y porque me resulta un poco hiriente para con la gente que sí es corta. Es más que está como empanada. Como que no tiene sangre en las venas o algo.

Os voy a contar la historia de marras, para que me entendáis.



LA HISTORIA DEL DETECTOR DE HUMOS


Para que ubiquéis la situación un poco mejor, debéis saber que Abby (la que no es una cerda, recordemos) trabaja en un programa despertador de la radio y se levanta a las cuatro de la madrugada, con lo que a las ocho de la tarde suele estar frita ya. Esta chica es maja, pero no la veo jamás. Cocino con cuidado para no despertarla, pero siempre creo que me debe de estar oyendo y odiándome en silencio. La historia del detector de humos ha cambiado mi perspectiva.

Por otra parte, Bonnie (la alérgica al Fairy, recordemos de nuevo), se suele ir a la cama a las diez aproximadamente. Sé que a veces llega más tarde a casa porque la oigo hablando por el móvil en el pasillo, pero en general a las diez y poco desaparece.

Pues bien, esto que cuento sucede una noche, como a las once y media. Abby llevará dormida ni sé el tiempo, pero Bonnie está despierta. Lo sé porque su puerta está entornada y veo luz.

Tengo metidos en el horno dos pasteles de pescado que he comprado en el supermercado, intentando no pensar en la cantidad ingente de mierda que rodea mi comida ahora mismo, porque, por supuesto, Bonnie también ha conseguido que el horno tenga un aspecto lamentable.

Una vez pasados los minutos estipulados en el envoltorio, salta mi alarma del móvil indicando que el pescado está listo, así que pauso el capítulo de Dr Who que estoy viendo y me acerco a mis pasteles de salmón. Me agacho hasta tener las ruletas enfrente de la cara, las pongo todas a cero, me incorporo y, previendo lo que va a suceder, me alejo todo lo que puedo del mugriento electrodoméstico.

Y abro la puerta.

Si juntáis los platós en los que se rodaron Llamaradas y El coloso en llamas os sale menos humo que el que tengo yo ahora mismo en mi cocina.

Tampoco es que hasta este momento el aire fuera lo más respirable del mundo, pero al menos no te daban ganas de ponerte un pañuelo húmedo en la cara y reptar hasta la salida de emergencia más cercana. Y bueno, por el título de esta historia os podéis imaginar lo que pasa a continuación.

Pues sí, salta la alarma de incendios.

Qué manera de pitar. Dios santo qué estridencia. Salgo de la cocina y me quedo mirando al origen del sonido, que está

a) mezclado con el contador del gas, el de la luz, los plomos y cuarenta mil historias más, de manera que identificarlo de manera precisa es complicado y

b) demasiado alto como para que, suponiendo que supiera cómo, pueda apagarlo.


Me quedo ahí parada, mirando hacia arriba, tapándome los oídos porque la alarma ésta suena como si estuviera anunciando el Juicio Final y preguntándome si mi casa será una de las muchas de Inglaterra que tiene la alarma antiincendios conectada con los bomberos. Empiezo a plantearme cómo voy a explicarle a un equipo de señores cargados con mangueras que aquí no hay ningún fuego, que simplemente mi compañera de piso es una cerda, pero no se me ocurre nada que no me haga sonar como una idiota.

¿Cómo? ¿No veis la conexión entre las dificultades de Bonnie para convivir en sociedad y la densa nube de humo que nos ocupa? Permitidme que os lo explique:

La humareda se ha generado porque la cantidad de grasa que hay dentro de mi horno daría para alimentar a toda la familia de lobos salvajes que obviamente crió a Bonnie. El calor que ha cocinado mis pasteles de pescado también ha quemado toda esa mierda que comento, llevándonos a este percal en el que me encuentro ahora.

Pero vayamos a lo que quería contar yo. Supongo que a estas alturas ya os habréis dado cuenta de que en esta situación hay algo raro.

Llevo un minuto en el pasillo, con los oídos tapados porque la alarma del infierno me está dejando sorda, y ahí no aparece nadie. Ni Abby ni Bonnie salen de sus habitaciones. Yo no quiero incordiar a Abby porque la pobre mujer se tiene que levantar dentro de cuatro horas, pero a Bonnie la estoy escuchando en su cuarto. Veo su luz. ¿Por qué mierdas no sale esta chica a ver qué está pasando?

Ante la evidente inactividad por parte de mis compañeras, me acerco a la puerta entornada y llamo. Oigo el débil y cargante hilo de voz de Bonnie desde el fondo de la habitación.

Bonnie - ¿Sí?


!!!!!!!!?????


Yo - ¿SÍ? ¿CÓMO QUE SÍ? -No le grito sólo porque esta muchacha me parezca imbécil, es que si no grito no se me oye por encima de la alarma. Bonnie se asoma por su puerta-.
Bonnie - ¿Qué pasa?

Madre del amor hermoso. No le respondo, sólo señalo hacia el techo, que es de donde viene el sonido, con esa expresión en la que abres mucho los ojos pero a la vez los entrecierras, que viene significando "no sé si eres así de inútil o me estas vacilando".

Bonnie - Es la alarma de incendios.

...

Yo - ¡¿TÚ CREES?!

Bonnie me mira, como sin saber qué es lo que espero de ella, y parece que decide que mi problema es que no comprendo la situación, así que, muy amablemente, procede a explicármela.

Bonnie - Hay mucho humo -anda fíjate-. Mira -mi estimada compañera sale de su habitación y entra en la cocina-, tienes que abrir la ventana -abre más la ya abierta ventana mientras me mira, como quien intenta explicarle un concepto complejo a alguien que no es muy listo-. Ya está.

Camina hasta el umbral de la cocina, donde se queda parada unos segundos, mirándome, ambas pensando que la otra es una vergüenza para la especie humana.

Y se va.

Se va, sin más.

La alarma a estas alturas ya ha dejado de sonar, y yo me quedo parada en la cocina, mirando al infinito, pensando si todo eso ha pasado de verdad.

Y ya está. Ésa es Bonnie.


¿Lo bueno? Este personaje y sus pocas luces se mudan en septiembre. Cosa que está bien, porque no sé cuánto tiempo puedo soportar vivir con este despojo de la sociedad.

Por si mi bienestar os quita el sueño, os lo digo. No sufráis. Si queréis ser solidarios conmigo, podéis reíros de Bonnie a mi salud y desear que su mudanza se adelante. A mañana, por ejemplo.