viernes, abril 30, 2010

¡Ah! ¡El campo!

El campo es vida. El campo es alegría. El campo es llegar a casa el fin de semana y encontrar una manada de hormigas salvajes corriendo por tu cuarto de baño.

- ¡¡¡HORMIIIGAAAAAAAASSSS!!!

Ésa he sido yo. Las hormigas no me dan miedo (al menos las negras, que no muerden), pero mis padres llevan meses estresados con que la mitad de los vecinos tienen hormigas, que no saben cómo quitárselas de encima, y que seguro que nuestra casa va a acabar en la misma situación. Estaba claro que iba a cundir el pánico, así que al menos me puedo divertir un poco fingiendo que me subo al carro de la histeria.

El grito de socorro ha ido dirigido a mi padre, que se ha levantado y ha ido corriendo al cuarto de baño en cuestión. Mientras tanto, mi hermana y mi madre, que han escuchado la alarma desde la planta baja, suben a toda pastilla por las escaleras para comprobar la magnitud de la catástrofe.

En menos de dos minutos mi madre ha bajado a la cocina y vuelto a subir con un cubo lleno de agua, la fregona, un bote de lejía y no sé cuántos productos más. Si tenemos que aguantar a las hormigas, por lo menos que estén relucientes.

- ¿Lejía? ¡Las hormigas se ríen de la lejía!

Mi padre. Se va, y aparece con un bote de polvos mágicos especiales para hormigas, que las ahuyentan, o las matan, o lo que haga falta. No sé cómo, pero mi padre tiene un potingue/cacharro (en función del tipo de situación) específico para cada momento. La inmensa mayoría no sirven para nada y estorban a más no poder, pero oye, el día que hay una plaga de hormigas, ahí está él con un bote de polvos ahuyentadores.

Yo por mi parte durante todo el revuelo estaba en mi habitación matando una araña gigante. Me he arrepentido nada más cargármela... si la hubiera redireccionado sutilmente hacia el cuarto de baño, mañana no quedaría ni una hormiga. En su lugar tendríamos una araña empachada, que estoy segura de que es mucho más fácil de matar que un montón de hormiguitas escurridizas.

Ya no hay jaleo. Parece que entre mis padres y mi hermana han conseguido terminar con la plaga. Espero que las supervivientes no estén llamando a sus amigas para que vengan a ayudar, o no voy a sobrevivir a este fin de semana. Ya sé que yo soy más grande, pero ellas son más.

¡Dulces sueños!

sábado, abril 24, 2010

No te preocupes, vas a quedar estupenda...

¿Qué les pasa a las peluqueras? ¿De dónde les viene esa sed de sangre? Y digo peluqueras porque nunca me ha cortado el pelo un hombre, pero me da que con ellos pasa lo mismo...

¿Por qué digo esto ahora? No es ninguna novedad, todos hemos pasado por las manos de alguna experta en estética que parecía querer arrancarnos la cabeza. Hablo hoy de este tema porque el otro día fui a una peluquería a la que no había ido nunca, y la persona que se encargó de adecentar mi pelo es, y será durante mucho tiempo, la nueva protagonista de mis pesadillas.

La peluquería en cuestión está muy cerca de mi trabajo, de camino a mi casa; además es grande, con cristaleras por todas partes, de esos sitios en los que dan ganas de entrar. Cuando me metí en el local apareció una chica sonriente y entrañable para preguntarme qué quería. Después de explicarle que venía directa del trabajo y sin más dinero que el que había marcado en el escaparate como precio del corte, la chica me llevó al sitio ése extraño en el que te lavan el pelo. Inciso: parece una tontería lo del dinero, pero si no se investiga el precio antes de empezar, uno se arriesga a que le echen catorce botecitos diferentes en el pelo, y todos cuestan una pasta.

- Ése es el precio del corte sin más, ¿no quieres que te eche desenredante?
- No
- ¿Ni anticaspa?
- No
- ¿Alguna mascarilla?
- Que no.

Después de un rato en el lugar ése del lavado de pelo (nada extremadamente desagradable, sólo un dolor de cuello increíble al terminar, lo de siempre), pasamos al tema peinar-para-poder-cortar.

A la tercera pasada del cepillo empecé a acordarme de la conversación del desenredante... la peluquera tiraba sin ningún tipo de delicadeza de mi pelo enmarañado, sin empezar por las puntas, sin sujetar las raíces; al cabo de 15 pasadas pensé que sería un regalo del cielo que Sweeney Todd, el barbero diabólico de la calle Fleet, viniera a sustituir a la loca del cepillo. 20 pasadas después ya sólo podía intentar concentrarme en esa cueva de la que hablan en el Club de la Lucha, donde hay un Animal del Poder que te ayuda a soportar el dolor. Pero nada funcionaba. No sé cómo llegué al final del proceso sin llorar.

Cuando al fin tuve el pelo desenredado empecé a pensar con terror en la siguiente fase. Si aquella mujer sin escrúpulos me había hecho eso con un cepillo, ¿qué iba a hacer con unas tijeras?

Bueno, el pánico hablaba por mí. Está claro que la parte de las tijeras es la que no duele. La chica me cortó el pelo, me lo desfiló, hizo capas y un montón de cosas más que no entiendo y me dejó fantástica. Aunque no tan fantástica como para que vuelva a poner un pie en ese lugar espantoso, claro.

Algún día las peluqueras se aliarán para dominar el mundo, y entonces ya será tarde... yo, personalmente, cuando llegue ese momento eliminaré este artículo y les pediré que me enseñen a hacer mechas. A ver quién se atreve a llevarnos la contraria.

sábado, abril 03, 2010

Paz de Espíritu

Estamos en Semana Santa. Hay gente encapuchada por la calle a todas horas, hombres descalzos que cargan con cruces y personas que rezan sin parar.

Yo no soy creyente, pero para la gente religiosa debe de ser una temporada de paz espiritual y devoción sin límites, en la que se pone en práctica todo lo que la religión dice que se debe hacer, como ser una buena persona, ayudar a los demás y perdonar. ¿Verdad?

Pues no.

Para ser buenas personas por obligación ya tenemos la Navidad, en Semana Santa puedes ser el mismo borde impresentable que eres el resto del año, sólo que pasando frío en la calle mientras intentas distinguir a cuántos cofrades encapuchados conoces.

Hasta ahora me parecía todo bien, hasta he ido a ver alguna procesión otros años (dan un poco de miedo pero son bonitas), pero ayer me enfadé personalmente con la Semana Santa. La situación fue la siguiente:

Fui a cenar a un restaurante italiano con dos amigos. Yo tenía que irme a las 12, porque me iban a buscar en coche a una plaza que estaba a unos dos minutos de allí, por lo que me fui antes que ellos, saliendo sola del restaurante. Al abrir la puerta me encontré con una muchedumbre que estaba esperando para ver pasar una procesión. Estupendo. Yo necesitaba subir la calle hasta dar con el paseo perpendicular, para llegar a la plaza en la que había quedado, así que me puse a subir la calle. Esa parte del recorrido no fue un problema, había más o menos espacio; el lío vino al llegar al paseo por el que tenía que salir de allí. Aquello parecía una manifestación. Me quedé mirando de frente a la marabunta, puse cara de circunstancia, y empecé a abrirme paso.

Y aquí vino el momento de amor cristiano. Los espectadores de la procesión casi me pegan. La media de edad sería de unos 65 años, y oí insultos, reproches y quejas de todas las personas a las que tuve que apartar a lo largo del camino.

Importante:
1. La procesión no estaba pasando aun, ni siquiera se les veía ni oía por ningún sitio. Es decir, no molesté a los cofrades, no interrumpí el evento, ni estropeé de ninguna manera la procesión, porque sencillamente aun no había procesión.
2. Yo caminaba a contracorriente, así que era más que evidente que no me estaba colando para ponerme en primera fila, ya que yo iba de la primera fila hacia la última, no al revés.
3. No empujé a nadie y fui todo lo amable que la situación me permitió.
4. No había otra forma de salir de allí.


A pesar de todo esto, un señor me gritó que tenía que haber ido tres horas antes, que dejara de darle el coñazo a la gente. Me paré y le grité un rato, pero eso no viene al caso.

A lo que yo voy es a lo siguiente: ¿las procesiones de Semana Santa no son una representación del amor de Jesucristo y todas esas cosas? ¿A la gente no le da vergüenza ser tan garrula y tan hipócrita?

De la situación de ayer sacamos una conclusión: En Semana Santa la obligación del ciudadano es coger un programa de horarios de procesiones, aprendérselo, y asegurarse de no estar en la calle durante las cinco horas que dure la procesión (ni durante las dos previas, por si acaso) a menos que vaya a ver dicha procesión. Si el mencionado ciudadano está en un bar, un restaurante o en el cine a una hora a la que pasa una procesión, éste debe quedarse dentro del local las horas que sean necesarias para que los espectadores no se ofendan teniendo que cederle el paso.

Esta noche me voy de fiesta. A ver si hay suerte y no me tengo que pegar con ninguna viejecita devota.